Política

Otros decapitados

El pasado lunes se cumplió el centenario de la muerte de quien es indudablemente uno de los poetas más recordados de su generación, no solo por su prematura muerte, apenas a los 21 años y en tan trágicas circunstancias, sino por lo que pudo entregar a la literatura en tan corto lapso de su vida, ya que a más de ser un muy inspirado creador en el género de la literatura lírica participó en la crónica periodística con valiosas opiniones sobre el desarrollo artístico de su época, y además porque fue el autor de una novela breve, de tema montuvio, María de Jesús, que bien puede considerarse como precursora de lo que después produciría el llamado grupo de Guayaquil -De la Cuadra, Aguilera Malta, Gil Gilbert, Gallegos Lara, Alfredo Pareja-, “los cinco como una puño”- más que un realismo iniciado tras A la Costa, de Luis A. Martínez.

Cabe destacar ciertas distancias sociales con el resto de poetas del modernismo ecuatoriano, que llegó un poco tardíamente a nuestro país, a quienes Julio Andrade en su libro El perfil de quimera, por su desarraigo de la vida y un sentido decadente de sus versos, les dio el calificativo de “decapitados”. Poetas que, fieles a ese desapego por la existencia, murieron relativamente jóvenes. Arturo Borja, al igual que Medardo, desapareció a también a los 21 años, a los 6 meses de casado, víctima al parecer de una sobredosis de morfina, que era la droga de los intelectuales de ese entonces. Otro poeta del mismo grupo, Ernesto Noboa y Caamaño, también guayaquileño pero radicado de Quito, escribió precisamente una larga apología en unos recordados versos que comienzan diciendo: “Morfina, sustancia divina….”. Tanto él como Humberto Fierro, que completan el grupo de los degollados por la guillotina de la vida, fallecieron a la edad treintona.

Sin embargo, a pesar de la clasificación de Andrade, hay otros poetas de la misma generación, no tan doloridos como los señalados, pero que cumplieron una ejemplar actividad lírica. Por ejemplo, el caso de José María Egas, con su poesía entre religiosa y amatoria; el del guayaquileño Wenceslao Pareja, autor de ese maravilloso poema al río Guayas, y los cuencanos Remigio Romero y Cordero y Alfonso Moreno Mora.